viernes, 4 de julio de 2014

Treinta Doce Cero Cuatro - Joaquín Trebliner

Es hoy, por fin, hoy. Salto de la cama como si de eso dependiera mi vida, pero no es así. Lo que ocurre es que hoy me reencuentro con mi familia, mi otra familia, la que elegí. Hoy voy a la República de Cromañón. Hoy veo a Callejeros, el resto me importa poco y nada.

Son las 11.15 del 30 de Diciembre de 2004. Muy temprano para almorzar, muy tarde para desayunar. La ansiedad me destruye, la necesidad de que sea de noche me sobrepasa. No tengo idea de cómo voy a hacer para pasar la tarde en paz.

Prendo la tele, están anunciando el nuevo proyecto que está defendiendo el flamante presidente Néstor Carlos Kirchner. Me es totalmente indiferente. Después de todas las cosas que vivió mi país no creo en la política. Quizás por eso me gusta tanto Callejeros, por su rebeldía, por sus cuestionamientos, su frenesí de espíritu adolescente.

La tarde se me pasa cada vez más lenta, pero seguro que es solo la adrenalina de lo que estoy por vivir. Son casi las 16hs, el recital empieza tipo 21hs, pero hay una banda telonera, “Ojos Locos”. Como no le encuentro razón a seguir tirado en mi cama tocando la guitarra, decido partir. Armo mi “itinerario de recitales”, junto mi remera de los Rolling Stones, mi short, mis zapatillas (casi más barro que goma), la bandera, mi entrada y, por supuesto, para la fiesta, mis bengalas. Le pregunto a mi viejo como llegar hasta Once, “Tomate el 68, acá, en Cabildo y Besares, en 45’ estás”. Le agradezco, le doy un abrazo y me voy cantando.

El colectivo tardó banda en llegar, estoy maldiciéndolo, no me quiero perder ni el más recóndito e irrelevante detalle de lo que vaya a pasar hoy con mi banda. En el camino miro por la ventanilla, la calle está muy poblada para ser jueves, seguro que los pibes ya terminaron el ciclo lectivo. En el asiento de adelante dos viejas cuchichean sobre temas poco interesantes, que no sé qué de la nueva película del Fantasma de la ópera, que no sé qué de una tormenta en Brasil.

Llego. Llegué. Acá estoy. Tanta gente como yo, sin otra preocupación en la mente más que inflarse el pecho y enorgullecerse al decir “Esta es mi banda, esta es mi creencia”. Me sorprende (Aunque este pensamiento sea un breve destello en mi cabeza) el poco operativo policial que hay en las afueras. “Mejor”, pienso, “voy a tardar menos en entrar y nadie me va a joder”.

Son las 18.30, todavía falta para que abran las puertas y justo me encontré con unos amigos. Hago la fila más tarde mejor. “Che, ¿trajiste las banderas?” le pregunto a Juan. “Obvio, papá, ¡nunca faltaron a un recital!, ¿Vos conseguiste las bengalas?, espero que las dejen pasar.” Me contesta mi amigo de 23 años y con mi mismo espíritu.

Recapacito un rato, ¿Por qué no nos dejarían ingresar las bengalas?, Si son parte de la misma fiesta del rocanrol, esa que vive y vivirá miles de años. No encuentro respuesta, ¿Será para que no nos sintamos del todo libres de poder hacer lo que queremos?, ¿Será esta una forma subliminal de mantenernos tranquilos y sin revuelos? No me tomo más molestia en seguir escavando en este tema, ellos tendrán sus razones.

Vuelvo a mi entorno, a mis amigos. Chamuyamos un rato, nos reímos. No podría imaginar algo mejor. De repente nos damos cuenta que la fila para ingresar se va armando y, como no queremos terminar atrás de todo, nos aventuramos al inicio de la noche. Con el transcurso de los minutos nos damos cuenta que hay quilombo para ingresar, una mina adelante nuestro nos dijo que es porque no hay patovicas mujeres que puedan hacerle el cacheo a las chicas. “¡Que manga de inoperantes!”, gritó. No debí haber hecho eso, me gané el odio de hombres que son tres veces mi cuerpo, pero bueno, me dejé llevar y luego veré que me depara la llegada.

Llega mi turno (después de mucho tiempo, ya que tuvieron que llamar patovicas mujeres para el ingreso), el hombre gordo, pelado, lleno de músculos y con una expresión cansada/seria/enojada me mira. Yo lo miro. Nos miramos. “¿Y, pibe?, ¿Qué esperas?”, me pregunta. “¿Eh?” logro, con mucho miedo pero con aires de soberbia,  contestar. “La entrada, capo. Si me seguís jodiendo no te dejo pasar”.  No quiero problemas, se la doy y me voy con mi bronca para adentro.

El lugar es muy chico, casi que me causa claustrofobia, muy lúgubre, lo único que veo a mi alrededor (aparte de pibes todos muy parecidos entre sí) son paredes grises, sucias, un toldo en el techo, dos escaleras y el escenario.

El escenario. Ahí van a estar. Ahí veré por quiénes dejo la vida, por quiénes me peleé más de una vez, a los que siempre me ven cuando me despierto a través del poster estratégicamente  colocado frente a mi cama. Lo pienso y se me llenan de lágrimas los ojos, nadie nunca lo va a entender. Ni yo mismo.

Conforme pasan los minutos el lugar se va llenando, veo muchas caras conocidas. Empieza la banda telonera, “Ojos Locos”. Me gusta, pero ni puedo prestarle atención, estoy muy excitado, no me puedo concentrar ni en mis propios pensamientos. Pasan los minutos. Se percibe cada vez más tensión en el ambiente. Esa mezcla de ansia, expectativa, pasión, algarabía y tantas otras cosas que un corazón no puede aguantar. Tan perfecto que asusta, como dice mi banda.

“Y ahora sí, con ustedes y para ustedes… ¡¡¡Callejeros!!!” Dice el anfitrión, Chabán.  El griterío es ensordecedor, gritos, gritos y más gritos. Hasta alguna lágrima cae por la mejilla de un fanático. Bueno, empiezan los primeros acordes de “Distinto”, es momento de hacer lo que más me gusta y por lo que más me conocen. Todos me miran, saben que lo voy a hacer, yo sonrió. Prendo la bengala, en estos momentos me siento el amo del universo. Pero, de repente, empiezo a caer en la cuenta que tela que hay en el techo se enciende en llamas. No le hago caso, debe ser pura casualidad, sigo con el recital. Pero sigue mi preocupación, veo que muchos espectadores empiezan a gritar, no aúllan las letras de Patricio Fontanet, son gritos de desesperación. Todos miran para arriba, tocen, corren, gritan, buscan a sus compañeros, no los encuentran, lloran, dolor, mucho dolor. Esas cosas estoy sintiendo.

El lugar está completamente oscuro, no entiendo nada, me cuesta formular estos pensamientos, creo que siento algo parecido a arrepentimiento pero no entiendo por qué, si no hice nada que pudiera afectar a mis pares. Es más, fui participe principal del folclore. Igual en este momento me importa más luchar por mi vida que pensar en esto. Piso cabezas, tiro gente al piso, estoy gobernado por el instinto animal, no recapacito en que ellos son como yo, no me importa, los destruyo para poder llegar a mi objetivo. Lo logro. Salgo. Me rompo en un llanto interminable.


Amanezco en un hospital, me dicen que mi estadía va  a durar una semana. La culpa me carcome la cabeza, no logro pensar en otra cosa. Decido que es mejor dormir lo que me quede y después preocuparme por lo que vendrá, después de todo “Ser ignorante no te exime, pero tampoco te convierte en un traidor”.

Manuel Candi

Perdido en las trincheras

El frío del duro invierno azotaba la cara de Arthur Daguet, el único sobreviviente de su batallón. Estaba sólo junto a su fusil y bayoneta y ya no le quedaba mucha munición. Cansado, iba de trinchera en trinchera comiendo lo que encontraba. Su radio no funcionaba y estaba muy lejos de la base francesa como para poder regresar. Vestido con abrigo y pantalones color azul, se puso en marcha guiándose con su mapa hasta el lugar donde se suponía se encontraba otra línea compañera. Tras un largo camino, escondiéndose cuando creía escuchar a los alemanes, matando a otros que estaban solos al igual que él, unas veces corriendo y otras caminando, logró llegar a su destino y se encontró con el batallón 32, el cual había perdido a su teniente. Le dieron comida, munición y se puso en marcha junto con los compañeros a detener el avance alemán. Al cabo de 15 horas de caminata, se cruzaron con el ejército enemigo. Arthur se dio cuenta que ese batallón era el que había acabado con sus compañeros. Se pasaron unos instantes rezando y planeando cómo iba a ser su ataque. El plan era fácil: uno de los soldados haría sonar un silbato y en ese momento saldrían de la trinchera al ataque. Arthur tenía la sangre helada, le temblaba el pulso, casi no podía respirar y en ese momento, sonó el silbato. Su corazón se detuvo por un momento. Todo ocurría en cámara lenta. Veía como sus compañeros corrían al ataque y sintió que algo tocaba su hombro. Era un soldado que vio lo que sucedía y en ese momento recuperó el aliento y salió junto a sus compañeros. Con su cabeza latiendo como nunca antes, pudo acertarle a varios de los alemanes en cuanto subían su cabeza para observar fuera de la trinchera. Había muertos por todas partes, tanto alemanes como franceses. Al cabo de unos instantes ya no quedaban tropas enemigas. La comida escaseaba y no quedaba tanta munición. Como no tenían la radio no podían pedir que les enviaran más. Habiendo perdido tropas, lo único en que pensaban es que ya no les sería tan fácil poder seguir avanzando. Estuvieron un buen tiempo caminando.Decidieron descansar y armar un campamento hasta que se pudieran comunicar de alguna manera con la base. Pasaba el tiempo y el frío se volvía cada vez más insoportable, ya que mucha de su ropa se encontraba en malas condiciones debido a que tenían que arrastrarse y pasar por lugares dificultosos que la habían rasgado. Los soldados hablaban entre sí preguntándose de dónde eran, si tenían familia, y otros asuntos personales. Él no los conocía muy bien porque era de otra línea. En un momento un soldado robusto, alto, de ojos oscuros y muy entrenado, se le acercó a hablarle ya que veía que nadie lo hacía.
-¿Cuál es tu nombre?, preguntó el desconocido.
-Arthur, respondió. ¿Y el tuyo?.
-Thierry, contestó con un tono amistoso.
-¿De qué trabajabas antes de que explotara la guerra?, le dijo Arthur.
-Era un maestro de geografía en la ciudad. ¿Y tú?
-Yo trabajaba en el campo ayudando a mi padre. Nunca he ido a la escuela pero él siempre me decía que allá en mi hogar no era necesario.
Un instante después, se escuchó un ruido muy fuerte que por su experiencia se dieron cuenta que explotó una granada.
Eran los alemanes que se habían puesto al ataque.
-¡TODOS A SUS POSICIONES! Exclamó Thierry quien luego de que asesinaran al teniente fue puesto a cargo de las tropas.
Los gritos de dolor eran tantos que Arthur se dio cuenta que no estaban en una buena situación. En el peor momento se escucharon disparos provenientes de la parte de atrás de donde se encontraban y vieron que era una línea francesa cercana que había ido a apoyarlos. Con el combate a favor de los franceses, los alemanes decidieron retroceder y allí tuvieron tiempo de atender a los heridos, los cuales eran bastantes.
-¿Cuál es la situación aquí?, preguntó el teniente de la línea amiga.
-Hemos perdido a 23 personas, y gracias a ustedes, los alemanes retrocedieron. Respondió uno de los soldados que se limpiaba la cara ensangrentada.
Al tranquilisarse, Arthur, se dio cuenta que su mano estaba herida debido a un disparo. Se la vendaron ejerciendo presión sobre ella para que no saliera más sangre.
Todo el lugar estaba destruido. Los cadáveres cubrían la tierra sin pasto, la ropa de muchos de los soldados estaba manchada. Los agujeros producidos por las granadas cubrían todo el campo. Había árboles llenos de hoyos, producto de las balas.
Mientras Thierry recogía las chapas con las identificaciones de los soldados sin vida, Arthur se quejaba del dolor de su mano.
Estaban todos reunidos comiendo, cuando le dieron ganar de orinar y decidió alejarse un poco para hacerlo. Termina, y escucha una gran explosión. Se asoma y ve que una granada había acabado con sus compañeros y ninguno había sobrevivido.
Al ver que los alemanes se acercaban se echa a correr con todas sus fuerzas y al alejarse lo suficiente se esconde en las trincheras, comiendo cosas que se habían dejado por descuidos.

Cuando sale para seguir con su camino hacia la base, la sangre se le pone fría, sus brazos y sus piernas ya no responden, los ojos se le dan vuelta, y al caer, se ve a lo lejos un francotirador, y toda una tropa de soldados alemanes, que lo estaban siguiendo.

"Suelo desvanecido " por Luciano Rosende

“A veces pienso que mis decisiones de libertad no solían acabar de tal manera”, esta frase retumba en mi inconsciente cada noche antes de dormir , culpándome diciendo si tal hecho podría nunca haber sucedido . Nací en una pequeña villa de la provincia de Tottori, en Japón , junto con mis 2 hermanos llamados Kato e Izu . Eramos trillizos muy unidos , ayudándonos en todo lo posible y colaborando en todos los labores de la casa . Nuestros padres eran bastante jóvenes en nuestro nacimiento , ambos recién cumplidos los 20 años , lo cual la crianza en el principio resulto complicado . Sinceramente no estoy mentalmente consciente de esta época de nuestra familia , pero supimos salir adelante con los conflictos . A mis 6 años de edad , mis hermanos y yo queríamos comenzar la escuela pero en nuestra villa no había futuro para nosotros , el alimento era escaso y los trabajos eran no favorables para el futuro de nuestra familia . Decidimos desde allí a mudarnos al noreste de Japón , en Hiroshima , donde vivía parte de la familia de mi madre , junto con su madre , tíos y abuelos que siempre eramos bien recibidos en las vacaciones de verano . La estadía en nuestro nuevo vecindario se sintió extraño , mas siendo 3 hermanos unidos que con el pasar de los meses y años cada uno fue tomando su camino tanto en el colegio , como en el exterior . Seguíamos ayudándonos quizás con tareas del colegio pero no jugábamos afuera con otros chicos los fines de semana en la calle o tomábamos helado en la plaza , sentí un gran cambio en mi interior desde que vi a mis hermanos crecer y yo quedándome detrás en la historia .


Finalizamos la primaria y comenzamos a crecer de manera física , continuábamos yendo al mismo colegio , estábamos los tres con doce años de edad . Mi madre siempre decía que no sabría como soportar la adolescencia de nosotros tres siendo tan alborotados . Kato era muy extrovertido , y tenia un carácter muy agresivo , en cambio , Izu era pasivo con la gente y bastante bondadoso ; Yo? no sabría describirme muy bien , pero mi falta de confianza me resigno los deseos mas fuertes . En nuestro curso , conocimos a una chica en el cual nos gustaba , lo cual provoco problemas en casa . Kato era muy agresivo con nosotros , e incluso nos golpeaba por ella y nuestra madre nos separaba cada vez que hablábamos de ella . Nuestro padre trabajaba de noche , y de día dormía mucho , casi no hacíamos contacto , por eso siempre recurrí a mi madre cuando me sentía triste o abandonado .


El tiempo transcurrió como el viento y nos encontramos ante el progreso de nuestras vidas , cumpliendo dieciocho años.
En este momento comenzamos a tomar caminos divididos y cada uno eligió diferentes carreras , no obstante seguíamos viviendo todos juntos en la misma casa en familia . Yo me dedique a la filosofía , Kato al deporte e Izu al psicoanálisis , una nueva materia exposicionada por un tal Freud , si mal no recuerdo . Desde aquí pude objetivizar que cada carrera representaba quien realmente eramos , y como eramos ante los demás.

Cumpliendo mis 20 años , un verano decidí tomarme unas vacaciones hacia nuestro viejo pueblo en Tottori a visitar viejos amigos , festejando la finalizacion de la Guerra , que había dañado a nuestro mundo en los anteriores años.
Para este momento ya era mayor de edad y podía tomarme mis propias decisiones y que hacer con mi vida , mi madre no reprocho y me dejo visitar aquel lugar .

Paso un mes luego de mi estadía en el viejo pueblo , volviendo para el comienzo de otoño en Hiroshima y mi comienzo de cuatrimestre en la Universidad , Percibo algo extraño en el ambiente a medida que el barco se acerca a la orilla , era como algo esfumado y toxico , no lo podía reconocer perfectamente , pero sentí que algo raro estaba sucediendo . A medida que íbamos llegando devuelta a casa , me baje junto con otros pasajeros y trote a caballo en un carrusel que ofrecían cerca de la orilla . Al ir pasando por ciertos caminos , noto una formación de flor extraña en el suelo destruido , que oscurecía cada vez mas y mas al llegar a casa .

Me encontraba en la puerta de mi casa donde vivía con mi familia . Sinceramente no había ninguna sola casa , no se encontraba ser viviente en el área , solamente suelo negro y flores creciendo alrededor . No pude creer tal tragedia que había sucedido allí , aunque no estaba consciente ni seguro de lo que podía haber ocurrido .

Me dirigí hacia la capital de Japón , en mi desesperada búsqueda de mi familia y que había pasado , ya que la comunicación en mi provincia no alcanzaba con frecuencia . Tome el primer barco que se acerco a la orilla y me moví hacia allá.

Al llegar a Tokio , veo una revolución agigantada de tristeza y gente alborotada en las calles , sobre una tal "bomba"
sin entender absolutamente nada sobre el hecho . Caminando lentamente hacia lo que podía haber llegado a suceder , y con el miedo que crecía en mi cuerpo , me acerco a tal alboroto a informarme sobre el problema . A veces pienso:
¿Como es capaz el humano de cometer tanto dolor hacia el mismo , y con que objetivo ? es esto lo que pregunto mientras sollozo en el medio de la calle habiéndome culpado esa visita a la villa , por no poder ver mas el rostro de mi seres queridos a culpa de la violencia de otros.


 Suyay


 Cuando nuestro Dios comenzaba a brillar e iluminaba el río en el que me encontraba, decidí aprovechar el tiempo y mojarme en él junto a mi hijo Milí. Mientras jugábamos entretenidos entre risas observé a lo lejos como una embarcación pisaba nuestras tierras. Decidí acercarme sólo un poco para poder tener una mejor vista. Unos hombres blancos vestidos con ropa extraña; que casi los tapaba totalmente sin dejar mucha piel expuesta; señalaban de aquí para allá y hablaban entre ellos con evidente asombro en una lengua que no podía entender. Asustada tomé en brazos a Milí y corrí a resguardarnos de ese extraño grupo de personas. 
 Ya un poco más tranquila y con el ritmo de mi respiración regulada pensé en el posible motivo de visita de estos señores. Llegué a la conclusión de que podrían ser enviados de nuestro Dios para salvarnos de algunos problemas existentes y futuros, un avance para nuestra tribu.
 ¿Quién iba a decir que estos hombres traerían cambios tan profundos e inesperados para cualquiera? Nada de lo prometido fue cumplido. Nuestro valores son cambiados y nos dirigen con violencia, con la misma con la que nos aniquilan. La tierra ahora es oro y plata. Nuestros hombres ya no pasan tanto tiempo con sus respectivas familias, nuestra salvación los condena a trabajar de sol a sol en minas y plantaciones, a cambio de jornales que no alcanzan para nada. Nuestros salvadores destruyen nuestros refugios comunitarios, se llevan parte de nuestra tribu que jamás volvemos a ver. El color de nuestros ríos ya no son lo mismo, su sabor ya no es el mismo.
 En busca de paz comienzo a danzar para mi Dios, le canto para que cese mi amargura, la de mi gente y nos libere de estos falsos salvadores. Siento cómo de a poco voy debilitándome pero nada importa ya. Siento sus escandalosos gritos pero nada me detendrá, y es hasta mi último suspiro que me dejo ir en paz llevando conmigo mis símbolos de identidad.


Mariana Silva.

"Hojas lisas" Sofía Monello.


Hojas lisas

  Estaba oscuro, un fino rayo de luz entraba por la ventana del vagón e iluminaba los tantos rostros que se encontraban allí. Todos con distintas expresiones de cansancio y disgusto pero con el mismo objetivo hacia donde íbamos. La mayoría de nosotros habíamos abandonado nuestro hogar en busca de nuevas oportunidades, "una vida mejor" eso decía mi madre constantemente cada vez que le preguntaba porque  nos íbamos. No paraba de repetirlo, como si en vez de convencerme a mí, trataba de convencerse a ella misma.
   Llevaba conmigo mis pocas pertenencias, algún que otro recuerdo de mi niñez, los libros que tanto amaba mi abuela pero que con dificultad leía y un cuaderno con millones de hojas lisas. En mis trece años de vida lo único que amaba era dibujar, el escape perfecto que me transmitía paz y tranquilidad, como los ojos de mamá, que no importa el lugar en el que estaba, si la miraba a los ojos me sentía en casa.
   El tren fue frenando, y eso nos dio indicios de que estábamos llegando a la estación. El sol ya se mostraba por el horizonte y una sensación de angustia invadió mi cuerpo. Entre tantos murmullos y movimientos giré la cabeza, y ahí estaban recién despiertos, redondos y brillantes con tonalidades verdes y diminutas salpicaduras marrones, mirándome desde el otro asiento compartido. Otra vez el alivio reino en mi cuerpo, levanté mi pequeña valija y junto con la multitud salimos del tren.
   Afuera era un caos, eran innumerables las personas que habían. Algunos solos, otros con familiares, pero la principal preocupación de todos al llegar era conseguir una habitación para hospedarse. Por suerte Lisa, así se llamaba mi madre, tenía un viejo amigo que nos consiguió un cómodo lugar. Julio se había instalado hace un año en la ciudad. Las pocas cosas que me acuerdo de el eran las quemaduras que el sol había dejado tatuada en su piel después de largos períodos de trabajo en el campo. No tardó en aparecer cuando bajamos del tren y nos saludó con alegría. Intercambio unas palabras con mi madre y rápidamente nos dirigimos a la casa. No sabría explicar mi confusión cuando llegamos, no era un hotel, sino una casa en la que vivían varias personas, demasiadas. Nuestra habitación era compartida, junto con una mujer y su hijo Louis. Ese mismo día dormí profundamente a causa del cansancio, cerré los ojos poco a poco y soñé.
   Hacía frío, el leve calor del sol que entraba por la ventana me hacía sentir una calidez por mi cuerpo que igual era insuficiente. Los ojos verdes me miraban desde el otro lado de la habitación. Ambas madres se estaban alistando para su primer día de trabajo. El beso fugaz de despedida dejo un silencio seco. El niño junto a mi todavía dormía plácidamente. Saque el cuaderno de hojas lisas y me deje llevar por el tiempo.
   El hambre despertó a Louis. Nos saludamos tímidamente y salimos despegados en busca de alimento. El pinchazo constante que me oprimía me hacía un fuerte dolor de estómago. Por suerte habíamos encontrado una bolsa con panes rancios afuera que, sin dudar, llevamos a nuestras bocas rápidamente. Volvimos a nuestra habitación y, a pesar del frío que se concentraba, logré acomodarme en un rincón de la cama. Capté pocos tramos de la anécdota que me contaba Louis, y el sueño me invadió otra vez.
   Los mismos ojos que alguna vez me llenaron de paz estaban ahora ahogados de tristeza. No tardé en darme cuenta la cantidad de horas que había trabajo y que lamentablemente tenía que comenzar yo al día siguiente. Los gastos eran enormes y yo acepté ante la propuesta. Louis también.
   Esa semana fue la mas agotadora de mi vida. El turno duraba entre doce y catorce horas. El calor del fuego y del vapor dejaba en carne viva las quemaduras que alguna vez tuvo Julio. Muchos niños no resistieron a causa del hambre y caían devastados, y sin pausa seguíamos trabajando, esperando que esos niños se evaporaran como todo a nuestro alrededor. Poco a poco se fue convirtiendo en una cárcel, en la que solo encontraba refugio en mis dibujos durante las horas de descanso.
   Me desperté con un fuerte estallido que provenía de la fábrica. Louis, junto con los demás niños, y yo estábamos descansando en la construcción siguiente a ella, en la que mi madre, mientras, trabajaba. Lo único que recuerdo de esa tarde fue ver la fábrica en llamas. Como hombres y mujeres corrían bañados en polvo oscuro. Entre ellos estaba Julio, que llorando se acercó hacia mi. Supongo que buscando alguna forma para decirme la triste noticia, que fue desapareciendo mientras corría y corría, para dejar a este mundo detrás.
   El frío congeló mi cuerpo otra vez, tenía hambre y esa insistente punzada en el estómago me impulsó a robar en una panadería algunos trozos de comida. Acto seguido, tropecé con un escalón mientras huía y al levantarme, un hombre de uniforme azulado ya estaba allí. Me llevó a un cuartel y preguntó por mis padres, sollozando le dije que no tenía. Una mujer en la otra esquina de la habitación dijo que me llevaría con ella. Los policías, cansados, aceptaron y por mi parte no me resistí, sinceramente no sentía nada.
   No tenía hijos y trató de llenar ese vacío con mi presencia. Me preguntó que me gustaba hacer y le respondí que dibujar. Cuando llegamos a su casa me dirigió a lo que sería mi futura habitación, no tuve tiempo de registrar como era, simplemente caí desmayado en la cama.
   Nuevos rayos de sol atravesaron la ventana e iluminaron el atril que estaba junto a mi. Me acomodé en una silla, agarré la suave mina que estaba en el borde e hice lo que mas me gusta hacer. Finalmente, los ojos de tonalidades verdes y diminutas salpicaduras marrones trajeron paz y tranquilidad otra vez -"No hay nada mejor que casa"-.

- Sofía Monello. 
                         

Santiago Quintas

Escapando lejos de lo horrendo

Giustina no llegaba a comprender porque sus primas Nerina y Amanda se iban. Con sus cortos 7 años, solo podía entender que esta partida le causaba mucha tristeza, y no era para menos porque ellas se iban a buenos aires. ¿Donde quedaba ese lugar? Giustina no tenia idea, lo que si sabia era que se iban en barco y difícilmente volvería a verlas.
 Giacomo, el padre de Giustina, también se veía preocupado y el sabia muy bien lo que ocurría. Su hermano Salvatore decidió volver a vivir en América. Había vendido su negocio y ahora se iba con su familia debido a los problemas que había podido observar que se avecinaban.
 Años atrás, cuando decidió volver a Italia, todo parecía estar bien. Se instaló en el pequeño pueblo de Novara, en Piemonte donde podía verse la cordillera de los alpes al norte y a las mujeres pastoras de ocas, unos animales similares a los patos, recorriendo las calles.
 Corría el año 1920, y Salvatore residiendo en este pueblo, puso una modesta confitería a la que llamo "american bar", ya que el había vivido un tiempo en América le pareció un nombre apropiado.
 Con el tiempo nacieron sus hijas Narina y Amanda. El lugar era hermoso y tranquilo para criar a sus hijas, allí podría ver crecer a sus nietos - eso pensaba cuando se levantaba en las mañanas a desayunar y ver el paisaje. Pero las circunstancias pueden cambiar de la noche a la mañana.
 Il Duce (Mussolini), empezo a presionar de varias formas. Les cobraba impuestos extras porque impobia la excusa de que el bar tenia nombre extranjero. Mandaba a sus hombres para que forzaran a Salvatore a poner en la vidriera el nombre de Mussolini o que dibujara su bandera en las masas. Las cosas se ponian feas y por eso decidio irse lo antes posible. Ya habia vivido la gran guerra y lo que estaba sucediendo lo atemorizaba.
 Giustina y sus prumas jugaban ajenas a todo esto
Giustina:-cuando van a volver?
Nerina:-no sabemos. Pero el viaje dura un mes. Dicen que hay musica, ¡y un piano!
Amanda:-yo escuche que no vamos a volver nunca. Sino¿porque crees que vendieron el bar?
Nerina:-vos siempre tan mala.
Giustina:-las voy a extrañar. No quiero que se vallan.
Nerina:-yo te voy a escribir todos los dias.
Giustina:-yo tambien les escribire a diario a cada hora.
 
Mientras que las primas de Giustina jugaban saltando la soga junto con ella, Giacomo y Salvatore esperaban a que el barco estuviera preparado para salir.
Giacomo:-querido hermano, cuidate. Espero vuelvas pronto con tus hijas. Giustina extrañara verte a ti y a sus primas.
Salvatore:-lo se. No tienes que preocuparte. Estaremos muy bien y les escribiremos todas las semanas.
Giacomo:-igual nosotros. Sabes que te deseamos lo mejor. Que tengas mucha suerte en tu viaje a Buenos Aires.
Salvatore:-muchas gracias giacomo. Eres un gran hermano.

 Y adi, el barco dando la señal de que ya estaba todo listo, suben al y van camino a la ciudad de la Argentina.

 Pasado cierto tiempo, la gente de Italia vivia en alerta. Sonaban alarmas de bombas constantemente. La poblacion italiana tenia tantoiedo que vivia frustrada, sin poder dormir por temor a morir.
 En un momento ya a nadie le importaba lo que podia sucederles.
 Salvatore, viviendo con sus hijas en Buenos Aires, se instalaron con su confiteria. La guerra estaba lejos de ellos, aunque siempre recibian noticias de lo que sucedia. Salvatore estaba siempre preocupado por lo que pasaba, pero se tranquilizaba al recibir las cartas de su hermano contestandole. Eso lo ponia feliz, saber que estaban sanos y salvos en medio de tanto sufrimiento.
 Pasaron cinco años desde aquella triste despedida y la guerra estaba mas expandida por Europa. Mas pasises se habian involucrado, esto parecia no tener fin.
 Salvatore le envia una carta a su hermano con las siguientes palabras:
 "Querido Giacomo, espero que se encuentren bien a pesar del horror que les toca vivir, cuida hasta tu ultimo aliento a tus hijas, no es normal ni para nada logico que los niños tengan que vivir esta experiencia.
 Cuando llegan noticias de Europa se me eriza la piel pensando como estaran ustedes. Giustina les ha contado en una de sus cartas a las niñas, que cuando los camici neri (¿asi llaman al ejercito de mussolini no?) derribaron un avion, y el piloto eyectado que llego al suelo, ustedes lo escondieron en la fabrica, entre las bolsas de harina, y que despues de unos dias lo dejaron ir. Cuando le pregunte a Giustina porque arriesgaban asi su vida, me respondio ella vio como los mataban, y que no solo era asecinarlos sino que tambien los hacian sufrir. Hermano mio ¿hasta donde ha caido el hombre?¿es que ya nadie razona?¿porque tanto odio todos contra todos? No encuentro respuesta y empiezo a sospechar de que no la hay. Mantenganse unidos, cuidense y quieranse mucho. En estos tiempos falta el cariño. Si el mundo enloquecio, no dejen que los enloquesca a ustedes"
15/02/1943
 Salvatore no recibio respuesta luego de esa ultima carta. Cuando recibio la noticia unos meses mas tarde de que ya no quedaban rastros de su hermano Giacomo y su hija Giustina, no pudo hacer mas nada que romper en llanto. Quiso evitar el sufrimiento a sus hijas, pero no encontro mentira alguna que pudiera ocultar tanto dolor.
 No hay nada peor que perder a una persona tan involucrada en la vida de uno mismo, que con sus acciones y palabras cambia por copleto el pensamiento de un individuo., que cuando ya no esta, resulta muy dificil seguir adelante

"El pasado, ¿pisado?" Felipe Gómez

Quizás mis inocentes diez años no permitieron que me de cuenta, o vaya a saber uno qué fue, pero jamás imaginé que esa fría tarde de septiembre sería la última que tocara mis juguetes, que ayudara a mi madre a secar los platos después que ella los lave, como me pedía que lo haga, o la última chance de mirar a mi vecina y morir de vergüenza. Solíamos jugar juntos en la vereda, y yo era quien se acercaba a ella dejando de lado mi timidez para invitarla a compartir esos –para mí- inolvidables momentos. Ella, un año y seis meses menor, no parecía sentir esa vergüenza que a mí me invadía, y aceptaba mi propuesta, muchas veces con sólo inclinar la cabeza una y otra vez.
       Mi padre era un hombre que vivía agotado y con unos modos desagradables para conmigo y mi madre. Probablemente el arduo trabajo en el cultivo era la razón de su seriedad, además de los problemas económicos a los que debíamos enfrentarnos a causa de su pobre salario, a pesar de su extensa producción laboral. Esa mencionada tarde de septiembre llegó de su labor habitual, tomó una ducha y se reunió conmigo y con mi madre.  Parecía ser importante la razón, y debía de serlo ya que me obligó a dejar mi entretenido juego con la vecina, por lo que accedí de mala gana aunque sin fanfarronear demasiado. Nos comentó que se rumoreaba que durante la tarde siguiente los alemanes concretarían la invasión que tanto habían mencionado en las radios durante la última semana, por lo tanto debíamos marcharnos. Varsovia ya no era un lugar seguro, por lo que América,  en especial Argentina y sus prometedoras hectáreas, nos depararían un futuro mejor. Yo mucho no comprendía, pero me entristecían las pupilas llenas de lágrimas de mi madre.
       Esa misma noche tomamos los objetos de mayor valor, que eran pocos, para partir en la mañana en cuanto saliera el sol. Yo tomé mi muñeco Józef, lo único que pude incluir además de la ropa y los zapatos necesarios.
       Al despertar me informaron que en el primer viaje iríamos mi mamá y yo, y que mi padre nos encontraría una semana después en territorio argentino. Quizás esta era la razón del desconsuelo de mi madre, algo que pude comprender con el paso del tiempo. Marchamos hacia el puerto, con un frío desgarrador aunque la cantidad de gente amontonada encima del barco nos brindaba algo de calor.
       Llegamos, y yo brincaba de la alegría. El esplendor de la ciudad, la limpieza y el espacio que había me ilusionaba con poder jugar con Józef y quien sabe, hacer nuevos amigos. Mientras, mi madre, con tristeza aún por la separación de mi padre, debía pasar el día trabajando como ama de casa y yo quedaba a cargo de los vecinos de al lado.
       Pasaban los días y seguíamos esperando por mi padre. La intranquilidad reinaba en aquella humilde pensión, pensando –sobre todo mi madre- si había sucedido algo que ni siquiera quería imaginar.
       El paso de las semanas nos confirmó lo que no queríamos saber. Nunca más tuvimos noticias de mi papá, algo terrible para mi aunque en mayor dimensión para mi madre ya que debía mantenernos ella con su pobre salario que le brindaban por un trabajo en el que debía esforzarse en demasía. Seguramente esta fue la razón por la que tan solo ocho semanas después de haber llegado a Argentina, mi madre comenzó una nueva relación con un prestigioso anestesista, uno de los primeros en ejercer esta profesión. Era un hombre que imponía respeto tan solo con su presencia, y reconocido por su accionar laboral. En un principio no era de mi agrado a pesar de su buena predisposición conmigo, quizás por la todavía presente figura de mi padre en mi mente. Pero el paso del tiempo y mi madurez permitieron que me de cuenta que era un buen hombre.
       Stefano y mi madre se casaron tres meses después de conocerse, y entonces llegaron mis hermanastros.  En tan solo tres años y medio tuvieron tres hijos. Mientras tanto, yo aproveché para desarrollar mi educación, obviamente abastecido, como toda la familia, por los ingresos que provenían de las dificultosas operaciones en las que participaba mi padrastro. Dos niñas y por último un hermano menor obligaron a mi madre a abandonar su trabajo y dedicarse de lleno a los pequeños. Yo, en la medida de lo posible, era quien la ayudaba. Pero mis objetivos eran otros, tenía pensado terminar de estudiar para volver a mi Polonia natal, algo que anhelaba con mucha euforia pero sabía las complicaciones que esto traía debido al costo de los pasajes y la estadía allí, aunque lo tenía en mente cada noche antes de apoyar la cabeza en la almohada.
       Llegó el día de mi cumpleaños, y al tener la mayoría de edad, Stefano me ayudó a cumplir mi deseo regalándome el pasaje hacia mi tierra natal, y suministrándome dinero para poder alojarme en una pensión.
       Luego de un largo viaje, abordé a Polonia. En principio me dediqué a observar y analizar la estructura de la ciudad de Varsovia, algo que recordaba de forma remota luego de estar ocho años fuera del país, y sobre todo por los cambios que presentaba el lugar. Pero no perdí nunca de vista mi objetivo principal: averiguar qué había ocurrido con mi padre.
       Después de días de investigar, recorrer las calles y preguntar a la gente que nos rodeaba qué había sucedido, encontré el hogar donde vivía aquella niña menor que yo con la que había compartido infinidad de tardes y provocaba algo en mi hasta entonces inaudito.
       Al encontrarnos nos fundimos en un extenso abrazo y me comentó la horrible situación por la que habían pasado aquella tarde sus padres y también el mío. A partir de eso pude borrar esa espina que tenía clavada, más que nada por la desaparición de mi padre, pero también por no volverla a ver a ella.
       Sin más dinero que para el regreso, debía emprender la retirada. Se lo comuniqué a ella, y por entonces jamás nos volvimos a separar. Arribé a Argentina con el inesperado amor de mi vida y un orgullo inmenso por portar el mismo nombre y apellido que mi progenitor.

La decisión ( Dago de Renteria)


La decisión


Me voy a dormir pensando en lo que mi amo va a cazar durante los cinco días que estemos de cacería en el campo que es parte de su territorio como latifundista. Duermo y sueño con todo tipo de animales: liebre, carpinchos, vacas y animales que nunca vi durante toda la noche hasta el alba. En la que mi amo, Alberto, y yo nos despertamos y salimos rumbo al campo, yo cargo con el machete, la escopeta, mi ropa, las cosas para cocinar y la tienda, mi amo lleva solo su equipaje y otro machete más chico para abrirse paso entre las malezas. El viaje dura todo el día de caminata, solo nos detenemos un par de veces para comer algo o para descansar. Durante el trayecto solo nos cruzamos a un par de agricultores en su trabajo. Al anochecer llegamos a nuestro lugar de cacería alejado de todo tipo de poblado, lo más cercano es un pueblo a dos horas de viaje. Mientras mi amo descansa y fuma una pipa, yo preparo la tienda, la comida y las armas que que mi amo va a usar el día siguiente.
Esa noche me quede hasta tarde escuchando las historias de mi amo. Una de esas historias cuenta como mi amo mató a dos lebratos de un solo tiro, y después a dos aves que estaban en una bandada en forma de v. Más tarde esa misma noche me contó como en un gran acto de bondad ayudo a una pareja prohibida conformada por un criollo y una mujer de piel oscura a escapar hacia la provincia del interior para no ser penalizados por la ley.
Ya en la carpa mi amo se durmió muy rápido pero yo por el contrario no podía pegar un ojo, escuchaba ruidos de animales, ramas y otros sonidos irreconocibles, y por alguna razón me sentía angustiado y presentía que algo malo iva a suceder
A la mañana siguiente, mi amo cargado con la escopeta y unas cuantas balas me dice que cuando escuche un disparo me acerque a buscar la presa. Si la presa esta herida la tengo que matar, sino la tengo que traer al campamento y prepararla para cocinar.
El primer disparo que escucho no dio a ningún animal, pero el segundo atravesó la cabeza de una liebre adulta, voy a buscarla la agarro y en el campamento la corto y preparó, cuando estoy por terminar escucho el siguiente disparo. Hasta el anochecer mi amo se mantuvo cazando, en total mato tres liebres, dos carpinchos y una mulita. Esa noche comimos liebre asada y algunas verduras que habíamos traído de la ciudad.
El segundo día mí amo salió a cazar aún más temprano que el día anterior, todavía había niebla y en el pasto se podía percibir la escarcha que había formado el rocío durante la noche. Al mediodía escuche un disparo, pero este disparo no estuvo seguido ni de silencio, ni del sonido de los animales, este disparo estuvo seguido por gritos desgarradores de ayuda y dolor de mi amo. Salí corriendo en la dirección en la que escuchaba sus gritos pero no lo encontraba por ningún lado, cuando los gritos de mi amo se vuelven más débiles y se oyen cada intervalos cada vez más largos, lo encuentro tendido en el agujero desde el cual estaba escondido para disparar a sus presas. Mi amo se había atravesado el torso de un disparo y la sangre que corría desde su herida ya había formado un charco por debajo de él. Me pide que lo ayude a levantarse y a curarse.
Cuando estoy por ayudarlo a levantarse me doy cuenta de que si lo dejo morir en ese lugar voy a poder escapar a chile y refugiarme seis meses, de esta forma consiguiendo la libertad debido a la ley dictada ese mismo año conocida como la ley de libertad de vientres que dictada la abolición de la esclavitud en chile y los esclavos que transiten su país y se demoren más de seis meses en el mismo quedan libres. Poco a poco me alejo de él, me acerco y me vuelvo a alejar. Me muevo en círculos no sabiendo si abandonarlo ahí. Por fin decido alejarme haciendo oído omiso a sus gritos. Cuando ya estoy tan lejos de él como para ya no escuchar sus gritos debido a la distancia o a que ya dejo de gritar pienso en todo lo que él hizo por mí. Aquí me doy cuenta que él había sido un buen amo conmigo y que nunca me había tratado mal, es más me había comprado para protegerme de los azotes de mi antiguo amo (uno desalmado y que no consideraba a los esclavos como personas sino como animales). Con las fuerzas que me quedan vuelvo lo más rápido posible, me tropiezo con una piedra y tengo la mala suerte de golpearme la cabeza quedando inconsciente, no se si abran pasados segundos, minutos, horas o días lo único que se es que me tengo que levantar e ir a ayudar a mi amo. Me levanto y sigo corriendo hasta él, al verlo casi inconsciente en el piso rodeado de sangre una pregunta atraviesa mi mente:

-¿Habré tardado demasiado en tomar la decisión correcta o habré llegado a tiempo para salvar a esta persona que tanto hizo por mí y no supe reconocer?




Prisionero del Crepúsculo

                   Prisionero del Crepúsculo

Nunca más volveré a ese mundo verde de cálidos matices; desvié una última mirada y pronuncié una frase al viento: “Desnudos y solos caemos en el exilio”. Luego no di vuelta atrás. Caminaba sin rumbo fijo, atravesando inhóspitas tierras. Ahora soy un extranjero, el enemigo, pensé. Permanecía simplemente allí, sobre la tortuosa arena, tan eterna como el mismo mar, proyectaba una escuálida sombra y el sol se retiraba lentamente hacia el este. Tenía la vista petrificada en el horizonte. Mi fe era lo último que me quedaba, había perdido todo. Llevaba unos andrajos moribundos como prendas, unas calzas desteñidas sobre mis muslos y un hijab cubriendo la parte anterior de mis hombros. Tenía unas botas gastadas que acompañaban a un cuero deshilachado. En la frente portaba el símbolo de mi fe, un turbante gastado.
        
        Cuando germinó el crepúsculo, logré ver en la cercanía del horizonte una pequeña cabaña, la madera gastaba indicaba que la estructura permanecía allí por un tiempo indefinido. Tomé valor y me acerqué rápidamente, golpeé la puerta de una manera sutil, al ver que nadie respondía, comencé a golpearla con brutalidad, hasta que logré abrirla. Su contenido me desilusionó, solo era una casa vacía con una antigua chimenea a carbón, con el interior sumamente deteriorado. Era un ambiente seguro para pasar la dura y oscura noche que se había erguido frente al crepúsculo.

         La luz del alba penetró por el vidrio, ya era de día, ajusté mi gastado turbante, recogí las pocas pertenencias que poseía y abandone esas tétricas paredes. El sol ardía mortíferamente, el calor era insoportable, cada paso que avanzaba significaba lucha y esfuerzo pero mi caminar era rápido y mi cuerpo estaba decidido a continuar. Divisé un movimiento en la lejanía, mi visión era borrosa y estaba llena de puntos ciegos que desaparecían para luego volver a aparecer. Las imágenes se esfumaban y volvían, se acercaban para alejarse. Corrían, danzaban, flotaban en una gama inmensa de colores que se alternaban para luego fugarse de mi presencia y brotar a distancias ilógicas. En un fugaz parpadeo los puntos comenzaron a moverse con una velocidad inimaginable. Primero avanzaron hacia la derecha para luego cambiar de rumbo hacia la izquierda, se alternaron, se frenaron y continuaron su marcha como dos tuercas prisioneras de un circuito binario. Corrí la mirada, al regresar la cabeza observé que ahora la distancia era mucho mayor, casi eterna. Me propuse continuar la marcha. Había recorrido unos pocos metros, cuando un ruido me llamó la atención. Giré la cabeza y presencié atolondrado como los puntos habían tomado forma, primero formas inentendibles, luego definidas figuras humanas y animales. Comenzaron a moverse con una gran velocidad, se pararon justo enfrente de mí a una distancia imprecisa. Sentía el calor que emanaban sus cuerpos y el ritmo de sus respiraciones. Aceleré el paso para luego comenzar a correr desaforadamente, pero no me alejaba de ellos, simplemente me acercaba más y más. El ruido se transfiguró en una voz dura y seca que pronunció lo siguiente: “En nombre de la virgen, detente, maldito hereje”. Mi vista se petrificó en el que dijo la frase, poseía un vestido harapiento sobre un jubón de un intenso gris.  En el rostro cargaba una barba muy avanzada y todo tipo de telas sobre su cabello. Su voz irrumpió de nuevo para decir lo siguiente:

-Mi nombre es José, soy el jefe de esta caravana– pronunció en un tono pasivo y tranquilo.

-Me llamó Masshad- le repliqué, pensando que era prisionero de un sueño estigio.

-Recorremos El desierto de las Tabernas para buscar y exterminar a los heréticos, sucios y blasfemos que insultan a la virgen y su luz. Luego hizo una pausa y terminó la oración:- Esta tierra volvió a nuestras manos y tu raza no es bienvenida aquí.

-Eres un gusano, cabrón y heterodoxo que va construyendo su propia cárcel y sepultura- Pronuncio José con una seriedad extrema. Luego aspiró a lanzar una risa, pero se mantuvo callado.

Observé como sus compañeros se acercaban desenvainando filosas espadas que reflejaban la luz sofocante del sol. Mi mente se puso totalmente en blanco, el pánico dominó mi cuerpo; intenté moverme pero las articulaciones no me respondieron. Luego un golpe seco lanzó mi cuerpo contra la arena. Cerré los ojos y empecé a sollozar, mis labios comenzaron a pronunciar el último sura del Corán: “En nombre de dios, el compasivo, misericordioso”. Las palabras se perdieron en las carcajadas iracundas de los caravaneros que permanecían casi sobre mí, cubriéndome con su sombra. Luego perdí la conciencia.

   Cuando desperté me encontraba amordazado en un gran patio a cielo abierto decorado con estructuras milenarias estampadas sobre lujosas ágatas de todos colores. Junto a mi había enormes jaulas que poseían un tazón con agua junto con los restos de un pútrido guiso de pescado, cubierto de moscas. En la periferia se hallaba una inmensa arboleda con una gran cantidad de ceibos, copihues, bayahibes y todo tipo de rosas, en las cuales revoloteaban pájaros de una extensa gama de colores. El olor que vagaba por el aire era insoportable. De la parte anterior del jardín provenían ruidos, pero no podía decodificar su significado. En ese instante observé como un hombre con  un bonete de infante y un pellote naranja oscuro, se acercaba para luego tomarme de los brazos y levantarme. Este me arrastró hacia una habitación en el final del patio, en ella se encontraban  personas vestidas con jubones de muchos colores decorados con ostentosas joyas. En la pared posterior había una enorme cruz de estaño sobre un velamen teñido de rojo  y amarillo. Presencié como una mujer se levantaba y gritaba: ofrezco cien por el hereje. Las otras personas se retiraron del lugar y quede solo con la señora, que comenzó a examinarme, cuando finalizó soltó un gruñido para después retirarse. El hombre me volvió a llevar al patio para luego distanciarse, quedé solo mirando hacia un azul cielo. Cuando se desplomó el violáceo telón del ocaso, sentí escalofríos y comencé a recitar el primer sura del Corán: “A ti solo servimos y a ti solo imploramos ayuda, dirígenos por la vía recta, la vía de los que tú has agradecido, no de los que han incurrido en la ira ni de los extraviados”. Las palabras se diluyeron y un profundo sueño se hizo fervor en mí, luego me dormí bajo el flujo inmortal de la luna y su luz que permanecían estáticas frente a un cielo cuajado de estrellas.

  Al abrir los ojos esa señora estaba adyacente a mi cuerpo, con una mirada de desprecio que luego se transfiguró en una tenaz sonrisa. La dama tenía un cuerpo liso y un escote que le llegaba a la cintura, tapado por un cos que estaba junto a una trena para unir los bordes  del tejido, los pliegues eran gruesos lo que acompañaba perfectamente a su faldilla roja, forrada por una tela azul en la parte inferior. Luego las mangas de la saya se abrían longitudinalmente; su camisa formaba bullones, muy brillantes, casi cegadores. Esta le gritaba a un hombre que ingresaba al patio, este individuo se acercó, lanzó una mirada de rencor, pronunció unas palabras y se alejó. En el siguiente instante llegó el hombre del pellote naranja, tomó mis brazos, comenzó a arrastrarme. Cuando abandoné el impluvio, observé a un inmenso coche de estribos conectado con dos fervientes caballos. El hombre me levantó arrojándome al interior del carro, luego ascendió para empezar a conducir, palmeó a un caballo, el plaustro empezó a moverse.

  El freno de los equinos me indicó que el coche había parado, divisé por una minúscula ventana como la dama dialogaba con el conductor, este último la saludó cordialmente y se retiró. El otro individuo, se acercó hacia la puerta para luego abrirla de un topetazo, me tomó con brutalidad desplazándome hacia fuera del transporte. Caí al suelo, empecé a suplicarle piedad, las lágrimas brotaban de mis ojos, casi instintivamente comencé a recitar el primer sura, este reconoció al instante la lengua musulmana y exclamó: En nombre de Felipe el piadoso, deja de profanar a la sabia luz con tu perjura lengua. Sus ojos comenzaron a desorbitarse, se enloqueció de una manera vesania, sentí como perdía el control. Liberó un chirrido violento para luego comenzar a golpearme, junto a él la mujer gritaba neurótica palabras inentendibles que se perdían en el flujo del viento. Logré esquivar un puñetazo, el hombre perdió el equilibrio, entonces casi sin pensarlo me lancé a correr. Andaba frenético sobre una ancha avenida de barro, recubierta en sus extremos por casas de piedra ostionera. Mi carrera alteró a las personas que por allí transitaban, se quedaron estáticos frente al ruido de mis pasos. Los chirridos de la mujer se unían con los violentos gritos del hombre. Me caí y el éxodo frenético de mis pies se interrumpió. Quedé tendido sobre el áspero suelo. Comencé a escuchar el ruido de las ruedas al frenar, el relincho de los caballos, las aclamaciones de las personas que se acercaban.

 Cuando recuperé la conciencia, un dolor agudo perforó mis sentidos, tenía las manos clavadas a una madera, mis pies estaban extendidos en una posición inhumana. Los tornillos que sujetaban mis manos habían hecho estragos en la carne, la sangre brotaba de una forma feroz. Mi torso estaba desnudo, las costillas resaltaban su presencia. Divisé a la pareja apuntándome una mirada voraz, gritando frases inentendibles que se perdían en el ruido de aquel lugar. De repente se produjo un silencio sepulcral que acompañó a la llegada de un hombre joven con una antorcha encendida en su mano. Este se me acercó y pronunció: Espero que te pudras el averno, hereje de sangre impura. Luego me lanzó una mirada de desprecio y comenzó a encender la madera.

    El humo se propagaba rápidamente, el fuego ascendía hacia los talones de mis pies, el calor me sofocaba. En ese instante el tiempo se detuvo, alcé la vista hacia el cielo. Allá en lo alto se representaba una obra de teatro. Surgieron y cayeron mundos ante mis ojos. Se construyeron imperios sobre resplandecientes arenas donde maquinarias eternas se afanaban en abstractos frenesíes electrónicos. Los imperios decayeron, se hundieron  y volvieron a alzarse. Ruedas que habían girado como un líquido silencioso disminuyeron su velocidad, comenzaron a rechinar, se pararon. La arena obstruyó las alcantarillas de acero de unas calles concéntricas  bajo oscuros firmamentos cuajados  de estrellas, como lechos de frías gemas. Y a través de todo soplaba un moribundo viento de cambio impregnado de todos los rostros olvidados.

Por Antu cabrera


Piedras del viento, pueblos del viento*


     “¡Ha ganado el franquismo!” “¡Viva el general Franco!” “¡Viva, viva!”, se oía gritar desde la calle.

     Yo estaba durmiendo cuando mi mamá vino llorando de alegría a darnos la noticia. Mi papá esa noche no se movió de su sillón.

     “Levántate Gregorio, ¡que ha ganado el franquismo! Debemos ir a festejar a la plaza”, le insistía mi mamá sin recibir ninguna respuesta.

      Luego de muchas quejas él le contestó: “Tranquila Aurora, primero voy a salir a dar un paseo”.

     Esa noche no lo vimos volver, no  hasta que fuimos a la plaza del pueblo la mañana siguiente.
     Meses antes de aquella noche, España estaba atravesando una violenta y triste guerra civil entre el ejército del general Francisco Franco y el gobierno democrático, por lo cual durante el último año de guerra era conveniente decir ser “anticomunista” e ir todos los domingos a misa si no querías ser escupido por tus propios vecinos. Fuera de eso, yo pude vivir mi niñez sin malas experiencias pero ya de grande me di cuenta de que no todo era tan armonioso y equilibrado como parecía, había muchas cosas de las que yo no me enteraba debido a que tenía solo ocho años y que mi madre siempre me preparaba el terreno para satisfacerme, aislándome de la realidad del momento.
  Mi papá y yo fuimos muy unidos, él me enseñó todo lo que hoy en día sé y los valores más preciados que un hijo puede recibir de un padre; él era el único zapatero del barrio por lo cual siempre estaba trabajando, pero en sus tiempos libres disfrutaba de tocar el acordeón en una banda que siempre era la anfitriona en los carnavales del pueblo. Su música era tan buena que generaba que hasta la anciana más gorda y gruñona se levantara a bailar agitando cada extremidad de su cuerpo.
  A mí me encantaba ir a la escuela y más todavía sentarme al lado de Carmela, mi novia de la infancia, a la que le había prometido casarnos de grandes y vivir en la selva; pero claro, eso no sucedió sino estaría escribiendo esta historia desde las selvas Amazonicas.
  A mi mamá no le gustaba que me juntara con ella, siempre hablaba mal de sus padres con las otras vecinas de la calle.
  Después de la desaparición de  Carmela y su familia, salí corriendo a buscarla para comprobar si era verdad. Estaba convencido de que era mentira a tal punto de que había llevado mi saco de canicas en el bolsillo para jugar juntos como todas las tardes. La desilusión fue muy grande pero cuando uno es chico, las cosas se olvidan fácilmente, o se emparchan momentáneamente.
  Aquella noche de 1939 en el pequeño pueblo de Orihuela, una muchedumbre se juntó en el centro de la plaza.
 Allí, donde se amontonaban mis vecinos, se encontraba la entrada del cuartel del ejército franquista. Mi padre para aquel momento todavía no aparecía en casa, pero a mi mamá no le importó y nos llevó igual a mí y a mi hermano a darles apoyo a los franquistas y a repudiar a los opositores del gobierno vencedor, que habían sido secuestrados previamente aquella noche. La gente de Orihuela comenzó a abrirse para darle paso a una fila de gente que salía del cuartel, entre ellos había gente conocida, cómo mi profesor de biología o el tío de Carmela, quienes tenían las manos encadenadas y se dirigían a un camión estacionado que los esperaba para luego llevarlos a la cárcel de Sevilla donde iban a ser condenados a muerte.
 Mi madre se unió a los insultos del resto de los vecinos  gritando “¡ateos sinvergüenzas!”  “¡anarquistas!” “¡comunistas asesinos!”, totalmente fuera de sí, nos incitó a mí y a mi hermano a que agarráramos piedras y se las tiremos, me resistí al principio pero terminé por hacerle caso.
 Al rato, salieron de aquel portón dos de los músicos de la banda de mi padre, después salió el saxofonista, luego el cantante y atrás de todos ellos, pude reconocer aquellos zapatos bien lustrados que siempre usaba mi papá.
  Pude ver como su silueta salió completamente a la luz, provocando la fuerte caída al suelo de mi mamá y el agudo llanto de mi hermano al que nunca había visto llorar. A los pocos instantes de su salida, nos dedicó una mirada llena de impotencia de no poder salir corriendo a abrazarnos por última vez, de tocar una vez más el acordeón, o de poder reírse a carcajadas. Las piedras arrojadas hacia él lo reprimían, aplastando todo sueño y proyecto, toda idea o todo sentimiento que pudo haber tenido, convirtiendo a su entorno en una gran sombra oscura.
Hasta el día de hoy se me hace imposible perdonarlo por no habernos dicho nada, más allá de que tenga los mejores recuerdos de él y de su enseñanza.
 El empujón que recibió mi padre por parte de uno de los militares fue lo que cortó esa secuencia lenta que estaba atravesando y me hizo reaccionar para salir corriendo y perseguir la camioneta que se alejaba. No pude seguir corriendo más porque un militar me paró de golpe provocando que me caiga de rodillas en el medio de la calle.
 Desde aquél día no solo me sentí huérfano de mi padre, sino que me sentí huérfano de mi República.
Heredé la lucha de mi padre y me la cargué al hombro.
                                                                                   Juliana Gianechini
 

*A Miguel Hernández y a Josefina Manresa.

jueves, 3 de julio de 2014

La Revolución
Ahh jamás olvidare ese sonido que producen las campanas al marcar la hora exacta, siempre con un sonido singular que va cayendo conforme el día avanza y yo siempre en el mismo lugar escuchándolas sin decir una palabra hasta que acaben de sonar con el sol reflejando toda mi cara y con una brisa de tranquilidad ese sonido siempre fue de paz. Pero en esos fatídicos días de 1789 no sonaba con regularidad en situaciones no sonaba y yo que esperaba escuchar su esplendoroso sonido después de un día de trabajo, durante casi todo el año no escuche ese sonido, pero me dedique a ver esa catedral con una rigurosidad de relojero y descubrí cosas que jamás había visto como el vitral que hay en el medio y la construcción que tiene era algo impresionante algo que nunca había notado había tantas cosas que decir como lo inmenso que era y los hermosos arcos que tenia las gárgolas que había además en donde estaba ubicado al lado del rio de Senas, pero seguía extrañando su sonido. Además de eso las reuniones que hacia el pueblo y los problemas que habían como los excesivos impuestos la disminución de salario y la idea de una guerra de la independencia similar a la estadounidense, me hacían creer que esa campana nunca volvería a sonar entonces un día las escuche pero no sonaba como siempre tenia un sonido de muerte, tristeza y dolor. Al día siguiente descubrí que algunas personas fueron decapitadas en la Plaza de la Concordia por motivar a la revolución de los cuales avían algunos compañeros míos, entonces empecé a recapacitar  de lo ocurrido y todas esas reuniones a las cuales me avían invitado a concurrir se trataban de la revolución no eran para hablar de los problemas sino que eran para solucionarlo con una revolución de la cual nuestra clase que daría con mas poder que nunca así que durante le resto del año hubo solamente conflicto y nunca hubo una forma de llegar a un acuerdo solamente era conflicto y muerte y lo único que anhelaba era el sonido de las campanas de Notre Dame yo seguí frecuentando a las reuniones y cada vez se tornaban mas violentas entorno a la revolución avanzaba, el descontento de la gente crecía, la revolución se parecía a una guerra ya no se podía parar hasta que todo acabara con la muerte del Luis XVI o doblegar a los trabajadores .
Yo seguí con mi trabajo en la fabrica como si nada hubiera pasado entonces hubo una revuelta en la fabrica ya que despidieron a incontables personas para bajar el consumo a los que nos quedamos nos hicieron trabajar horas extras por menor salario, para cubrir la diferencia de salario mi esposa tubo que buscar un trabajo en una fabrica de telares y cuando llegábamos ambos estábamos exhaustos pero nos alcanzaba para las necesidades básicas y de comprar alguna que otra cosa de lo cual era suficiente para nosotros.
Entonces leí un par de artículos de un tal Montesquieu de lo cual me pareció bastante cierto lo que el decía de cómo era el gobierno las leyes que debía haber para los trabajadores y de relacionar las clases sociales y la diferencias de cada clase no podía creer que hubiera personas con pensamientos tan fuertes para provocar una revolución .
Yo me empecé a percatar de lo ocurrido de cómo nos veían las clases altas de cómo nos tenían trabajando de las diferencias que había entre ellos y nosotros, ellos gozaban sin tener que trabajar, de ciertos derechos políticos, no pagaban impuestos, eso y además el descontento de nuestra clase fue lo que provoco la revolución.
Entonces el 20 de Agosto hubo un asalto y Luis XIV fue arrestado entonces fue procesado y el 21 de Agosto fue guillotinado en la Plaza de la Concordia la cual me pareció una gran ironía  donde cientos de  personas fueron ejecutadas en la revolución el seria una mas, ese mismo día escuche sonar las campanas pero medí cuenta que ya no se escuchaba el mismo sonido no se si habrá cambiado las campanas pero su sonido no era el mismo de siempre ese sonido tan apacible que antes yo presencié ahora era un sonido mas violento entonces supe que el que cambio era yo la revolución me cambio a mi como a muchas personas ahora buscaba mas derechos y no me quedaba con forme antes me conformaba con lo que tenia y ahora no podía estar satisfecho con nada de lo que tenia, entonces supe cuanto me parecía a la clase alta como buscaba tener mas  derechos y mas goces sin tener que pagar por ello lo odie en el momento que medí cuenta pero supe que lo que el hombre busca es tener todo sin perder nada.

FIN


Nicolás Marruccelli. Lo inesperado.

                                                      Lo inesperado


 Y tuve que tomar una decisión, cuando nadie me estaba viendo, decidí escabullirme.
    A comienzos de la década de 1930, el clima era lúgubre. La depresión económica mundial había golpeado muy duro y había millones de desocupados. El recuerdo de la derrota humillante, quince años antes, durante la Primera Guerra Mundial, estaba todavía fresco en la memoria de muchos, y nosotros ya no confiábamos en el débil gobierno que teníamos conocido como la República de Weimar.
   Generalmente a lo largo del siglo XX, la mayoría de las mujeres aún pasaban sus días en casa, criando a los hijos, tal como lo hacía mi madre. Y mi padre tenía un paupérrimo empleo como cartero. Mi hermano y yo, nos quedábamos en casa para no ser víctimas del trabajo infantil. Nosotros carecíamos del privilegio de vivir en las ciudades como lo hacían otras familias, por lo tanto nos encontrábamos en el campo.
    Una mañana me encontré con que mi hermano mayor no estaba en su cama y la puerta de mi cuarto estaba trabada como de costumbre ya que estaba en malas condiciones, en ese caso siempre salíamos por la ventana y cuidadosamente caminábamos por la cornisa del tejado para luego entrar por la cocina, cosa que solo mi hermano y yo podíamos hacer.
  Una vez al llegar a la parte posterior de la casa con mi pijama a cuadros, me encontré con mamá y papá.
-¿Tu hermano sigue durmiendo?- preguntó mi madre.
-Pensé que estaría aquí, en la cama no estaba.
Y pasaron unos breves segundos compuestos por silencio y miradas entre nosotros tres.
Siempre supe que él tenía deseo y atracción hacia las ciudades.
   Volví al cuarto en busca de respuestas y encontré la ausencia de su mochila y un par de prendas suyas.
   Sin despertar a mis padres en la madrugada, me subí a escondidas en el último colectivo que salía hacia la ciudad, en busca de mi hermano.
    En el campo siempre tardaban en llegar las nuevas noticias sobre el cambio de política o cosas del gobierno. Al entrar en la ciudad me impacte al recibir la información que captaron mis ojos, se me pusieron los pelos de punta y sentía cómo la sangre que corría por mis venas, se congelaba paulatinamente. Parecía una pesadilla. Eran prácticamente desconocidos, y habían ganado apenas el 3 por ciento de los votos en las elecciones de 1924, y ahora estaban por todas partes con sus uniformes negros con insignias de cráneos y huesos cruzados que aterrorizaban. Eso quiso decir que era el comienzo de una nueva etapa, el nacionalsocialismo. Ellos nos acusaban a nosotros de todos los problemas del país, como la pobreza, el desempleo y la derrota en la Primera Guerra Mundial.
  Como un reflejo automático de mi cuerpo, decidí no bajarme en ningún momento del transporte y seguir escondido entre las butacas, pero este llegó a su terminal y tuve que salir.
   Traté de buscarlo y no lo encontré por ninguna parte, hasta que allí estaba. En una fila de hombres, dirigida hacia el interior de un camión, por otros dos hombres con sus negros y largos uniformes.
   Sinceramente no entendía qué estaba pasando, lo mire fijamente esperando que me mirara y hagamos contacto visual, hasta que sucedió. Su cara mostraba perdición, tenía ausencia de alma en sus ojos y la frente baja, era como si dentro de el había un pequeño fósforo encendido que se iba apagando por carecer cada vez menos de oxígeno. Al mirarme sintió decepción y su boca se movió como si quisiera gritarme algo, pero era tarde, detrás de él cerraron las puertas del camión.
    Y tuve que tomar una decisión, cuando nadie me estaba viendo, decidí escabullirme entre la multitud.